
Hace más de tres lustros que la política argentina sufre una fuerte escasez de representación partidaria. Agotado el esquema bipartidista entre el PJ y la UCR, otras fuerzas que nacieron en el inicio del postmenemismo –ARI, Proyecto Sur, PRO, entre otras- no lograron convocar a las masas con un sello institucional de una fuerza afín, sino a través de un candidato: un rostro, una voz, que reúna las voluntades necesarias para llegar al poder.
En tiempos de videopolitica, la difusión de una imagen es solo cuestión de presupuesto. En las ultimas elecciones parlamentarias –que tuvieron el ritmo de una presidencial, clima ausente en las elecciones de 2007- se volcó una voraz inversión publicitaria tanto del ganador, Francisco de Narváez, como de su oponente, Néstor Kirchner.
Pero la gran diferencia entre ambos fue que mientras el candidato de Unión Pro saturaba los carteles callejeros y ocupaba cuanto espacio libre hubiera en la pantalla chica con su imagen; los spots del ex Presidente utilizaban a algunos “militantes” que hablaban sobre los resultados de la política K y su apoyo al modelo. Nunca durante la campaña se usó la imagen de “Lupo” ni del candidato testimonial, Daniel Scioli.
Con los sellos partidarios reemplazados por los candidatos y con las corrientes políticas al estilo “kirchnerismo”, “menemismo” o “duhaldismo”, parece que de los grandes comités donde otrora servían de usina de ideas y plataformas electorales, solo quedará el recuerdo.
